He estado visitando Japón y quería comprobar que no todo era sushi, ramen y pescado. También quería probar su carne, entender cómo la preparan y descubrir esa otra parte de su gastronomía que a veces queda en segundo plano. Pero, como hago siempre que viajo, también aproveché para probar cafeterías de especialidad.
Y reconozco que me sorprendió bastante.
Lo primero, por la cantidad de café que hay. En Tokio, Kioto u Osaka es muy fácil encontrarte cafeterías cuidadas, pequeñas barras de espresso y locales donde el café se trata con mucho mimo. Pero también me sorprendió algo que no esperaba tanto: el precio no era especialmente alto, pese a la distancia que tiene Japón respecto a muchos países productores.
Un café de Brasil, Colombia, Etiopía o Ruanda tiene que recorrer muchos más kilómetros para llegar a Tokio que para llegar a España. En teoría, ese coste logístico debería notarse más en el precio final. Pero, al menos en las cafeterías que he visitado, no he tenido la sensación de pagar un sobreprecio desproporcionado. Japón está lejos del origen, sí, pero no convierte cada taza en una hipoteca líquida.
Los datos ayudan a ponerlo en contexto. Japón consumió alrededor de 400.218 toneladas de café al año, según datos atribuidos a la All Japan Coffee Association. En España, el consumo estimado de mercado nacional fue de 207.569 toneladas en 2024. Es decir, Japón consume casi el doble de café en volumen total. Ahora bien, por persona, España sigue siendo más cafetera: AECafé sitúa el consumo español en 4,22 kg por habitante en 2024, mientras que las estimaciones recientes para Japón se mueven por debajo, alrededor de 3,4 kg por persona al año.
La diferencia está en otra parte. En España tomamos más café por persona, pero mi sensación es clara: la calidad media del café que se sirve sigue siendo peor. Hay muchísimo café rápido, mucho café quemado, mucho cortado de barra servido casi en modo trámite. En Japón, aunque se consuma menos por persona, percibí una relación distinta con la preparación.
En las cafeterías de especialidad que visité, curiosamente, casi nunca me ofrecieron elegir entre distintos granos. No era esa experiencia de “elige origen, proceso, variedad y perfil”. Pero sí vi algo muy claro: un proceso muy cuidado para preparar un espresso, un latte o cualquier bebida de café.
Buena maquinaria, orden, limpieza, leche bien texturizada y una atención al detalle muy japonesa. Allí el café de especialidad no parecía tanto una charla técnica sobre el grano, sino una forma de ejecutar muy bien cada paso. Menos discurso y más precisión. Menos “te cuento la finca durante diez minutos” y más “te preparo un café impecable”.
Y eso también tiene mucho valor.
Pero luego está la otra cara, igual de importante: el café de lata, botella y máquina expendedora.
En Japón puedes comprar café prácticamente en cualquier esquina. Frío o caliente. Negro, con leche, dulce, sin azúcar, en lata, en botella, en supermercados, konbini y máquinas expendedoras. Marcas como BOSS Coffee, Craft Boss, Tully’s Barista’s Black o Boss au Lait forman parte del paisaje diario. No son café de especialidad, claro. Pero explican perfectamente una cosa: el café está completamente integrado en la rutina japonesa.
La historia viene de lejos. En 1969, UCC desarrolló el primer café en lata producido y vendido a gran escala, abriendo una cultura de café listo para tomar que en Japón explotó como en pocos lugares del mundo.
Y ahí aparece BOSS Coffee, de Suntory, lanzado en Japón en 1992. Es el café de la gente trabajadora, el compañero rápido para el tren, la oficina, la calle o un día largo. Suntory cuenta que BOSS nació en 1992 y que desde entonces ha desarrollado múltiples sabores y formatos de café listo para tomar.

Además, Japón tiene una infraestructura brutal de máquinas expendedoras. Según datos de la Japan Vending Machine Manufacturers Association recogidos para diciembre de 2024, había más de 2,6 millones de máquinas expendedoras en el país, de las cuales unas 2,19 millones eran de bebidas. Entre ellas, casi 1,98 millones vendían refrescos, latas y botellas, y más de 115.000 estaban dedicadas a café y cacao en vaso.
Vamos, que allí no “te encuentras una máquina”. Allí la máquina te encuentra a ti.
Y esto es lo bonito: esas dos culturas no se contradicen.
El café de máquina hace que el café esté siempre presente. El café de especialidad hace que te fijes en cómo se prepara.
Japón vive el café en automático, en lata, en botella, en cafeterías pequeñas, en estaciones de tren y en barras donde cada gesto está medido. Puede que España tome más café por persona, pero Japón parece haber entendido mejor algo importante: si el café forma parte de tu día a día, merece la pena hacerlo bien.
Quizá por eso impresiona tanto.
Porque en Japón el café no es solo cafeína.
Es rutina, precisión, conveniencia y oficio.
Y cuando se lo toman en serio, lo afinan hasta el último detalle.


